Su Majestad No Debe - Capítulo 1: Que Absurdo

Capítulo 1: Que Absurdo

En el sexto año de Shengde, la Bandera de Chiyou apareció por el norte, con la Estrella Júpiter en el este.

La guerra estalló, el general cayó, un gran fuego consumió la tierra y la Estrella Púrpura estaba por moverse.


Afuera de la ciudad de Pingyang, la fila para entrar avanzaba lentamente.

Una carreta tirada por un burro se acercó y se detuvo al final de la fila.

Al notar que el carro había disminuido su marcha, una peluda cabeza de adolescente se asomó por el rudimentario habitáculo trasero. El muchacho, de unos catorce o quince años y claramente vestido como sirviente, se dio cuenta de que habían llegado a la entrada de la ciudad. Con alegría, se metió de nuevo para decirle al otro pasajero: “¡Amo, llegamos! ¡Llegamos a Pingyang!”.

En la época actual, la gente de alcurnia usaba carruajes tirados por caballos o bueyes; solo los mercaderes comunes o las familias de rango modesto viajaban en carretas de burro. Estos vehículos carecían de cabinas completas, a veces incluso de toldo. Por lo tanto, las personas de alrededor miraron con curiosidad hacia el interior.

Lo que vieron los dejó estupefactos, inmóviles.

Dentro de la carreta, recostado contra la tablazón, había un joven de belleza deslumbrante, con rasgos tan delicados como los de un inmortal desterrado. Su rostro estaba pálido y su respiración era superficial, como si estuviera enfermo.

Los que entraban a pie eran, en su mayoría, plebeyos sin educación, incapaces de idear cumplidos sofisticados. En sus mentes, solo podían emitir la alabanza más sincera y primitiva: ¡Qué belleza!

En ese instante, el joven, que fingía dormir, abrió los ojos. Sus pestañas oscuras como alas de cuervo se alzaron levemente, revelando un par de pupilas claras y serenas.

Una mirada algo distante, pero... se le podía perdonar, porque realmente era muy hermoso.

Apenas mostró intención de moverse, su sirviente se apresuró a tenderle una mano para ayudarlo a erguirse. A pesar de la ayuda, no pudo evitarlo; con solo el movimiento, se desató una tos incontenible. El malestar se sentía en su pecho, y el sonido hizo que a los presentes se les encogiera el corazón.

Esta era una época en la que una fiebre ligera podía costar una vida. La admiración de la multitud se transformó en honda pena.

Al ver el nombre «Comandancia de Pingyang» colgado en la tablilla de la vieja puerta de la ciudad, Xiao Rong respiró con un ligero alivio.

No se había permitido un momento de descanso en todo el camino, forzando a su cuerpo, que sonaba como un fuelle roto, a avanzar a toda prisa. Gracias a Dios, el esfuerzo había valido la pena: por fin había llegado.

Estaba un poco emocionado; después de todo, el viaje había sido increíblemente arduo. Su impaciencia era tal que no quiso esperar a entrar a la ciudad.

Miró a su alrededor y encontró a una anciana de apariencia amable. Apoyándose en el lateral de la carreta, le preguntó: “Abuela, disculpe, ¿sabe si el Rey Zhenbei vive dentro o fuera de la ciudad de Pingyang?”.

Xiao Rong pensó que bastaba con preguntar a cualquiera. Su Majestad Zhenbei era una figura demasiado famosa; todos sabrían dónde estaba. Si el Rey Zhenbei estaba con el ejército fuera, no tendría que hacer fila para entrar.

La anciana no lo defraudó; ella sí sabía dónde se encontraba el Rey Zhenbei.

Al verse interpelada por una figura tan celestial, la abuela se sintió un tanto halagada: “¿Su Majestad... el Rey Zhenbei? Se fue hace unos días con el Ejército Zhenbei, dicen que a combatir a los Wusun”.

La anciana no mentía y respondió con entusiasmo a la pregunta de Xiao Rong. Sin embargo, al oír la respuesta, la sonrisa en el rostro de Xiao Rong se congeló de golpe.

“...¿Se fue?”

“¿Se volvió a ir?”

“Lo seguí desde Xin'an hasta Huaiyin, luego de Huaiyin a Liangzhou, y de Liangzhou hasta esta maldita Pingyang, ¿y me dicen qué? ¿¡Que se volvió a ir!?”

¿Es el cielo que me juega una broma o es él? ¡Recorrí tres mil ‘li’ para llegar hasta aquí! ¡Bien, bien, de acuerdo, se fue de nuevo! ¡Dígame! ¿Adónde fue? ¿A qué lugar? Este, oeste, sur, norte, centro... ¿dónde diablos está? ¡Dígame!”.

La anciana: “............”

Ella y los demás aldeanos retrocedieron un paso, aterrorizados. Xiao Rong se había levantado de la carreta con una expresión feroz, agarrándose a los bordes y asomándose por la abertura. No es una exageración decir que parecía dispuesto a devorar a alguien, quizás no a uno, sino a dos o tres.

Pero antes de que la anciana pudiera pronunciar una palabra, el rostro de Xiao Rong se tensó de repente. La familiar sensación de debilidad lo invadió al instante. Al segundo siguiente, se desmayó, con los ojos en blanco.

Al verlo, su sirviente gritó: “¡Amo!”.

Lo sostuvo, y hasta en su inconsciencia, alcanzó a escuchar a Xiao Rong dejar un postrero, casi inaudible, testamento.

“Qu Yunmie, perro infeliz... ¡te mataré!”.

El sirviente: “...”


Al mismo tiempo, a doscientos li de la ciudad de Pingyang, fuera de la ciudad de Anding, el Ejército Zhenbei había instalado su campamento.

La información de la anciana era errónea. Su Majestad Zhenbei no había partido con el ejército a luchar contra los Wusun, pues estos ya se habían retirado. En realidad, los Xiongnu habían reaparecido, buscando revancha, pero con solo unos pocos miles de hombres, eran una amenaza insignificante. Un asunto tan menor no requería la presencia del Rey Zhenbei, pero él no soportaba quedarse en Pingyang a escuchar siempre los mismos lamentos, así que salió a batallar un poco y de paso tomar un respiro.

Para su pesar, aun después de huir, el desorden no cesaba.

La situación actual del imperio era compleja, dividida en dos: el sur, gobernado por la supuesta dinastía legítima de Yong, conocida como Yong del Sur; y el norte, que durante la última década había estado ocupado por los bárbaros y fragmentado por señores de la guerra. Recién este año había sido unificado por el arrollador Ejército Zhenbei. Qu Yunmie, como Rey Zhenbei, no había reclamado el trono ni establecido su propio calendario, pero de facto, era el gobernante de esta tierra.

Existían otras facciones menores y tribus bárbaras, pero no eran importantes. Hoy en día, todos conocían solo a dos figuras: el joven Emperador de Yong del Sur, de apenas ocho años, y Qu Yunmie, famoso desde su juventud.

De la turbulencia surgen héroes. Quienes aspiraban a la fama debían o bien alzarse como reyes, o encontrar a un mecenas que apreciara su valía.

Por lo tanto, todos los días se presentaba gente ante el Ejército Zhenbei, declarando su deseo de unirse al Rey Zhenbei.

El que llegó ese día era particularmente conocido. Se decía que había sido prefecto de Jinning y que su madre era una dama de la prestigiosa familia Jing de Wuling. Nunca había servido como asesor, pero creía que el Rey Zhenbei era el héroe más grande bajo el cielo, y por eso acudía a ofrecerle sus servicios.

Qu Yunmie mandó que lo hicieran pasar. Aunque no se mostró efusivo, tampoco fue descortés. Mandó que le sirvieran té y le permitió sentarse, dándole su debido respeto. Mientras el hombre peroraba, Qu Yunmie lo escuchó con paciencia.

Al principio, el visitante estaba nervioso. Qu Yunmie medía ocho chi, lo que en la actualidad serían unos metros noventa y cinco, y poseía una belleza extraordinaria. Sin embargo, la sangre derramada era tanta que el aura de guerra y matanza que lo envolvía no podía disimularse. Además, él no hacía ningún esfuerzo por ocultarla. Estaba sentado con las piernas abiertas, una postura dominante y, aparentemente relajada, pero con las puntas de sus pies apuntando de manera agresiva al invitado.

Parecía que en cualquier momento estallaría en violencia.

Habiéndose formado esta impresión de antemano, el visitante se relajó al ver la impecable hospitalidad de Qu Yunmie. Se sintió seguro de que Qu Yunmie sería un hombre razonable.

Así, comenzó a exponer el discurso que había preparado. Al terminar, la sonrisa de Qu Yunmie pareció alentarlo, así que continuó, detallando su visión de la situación actual. Al ver que la sonrisa de Qu Yunmie se ampliaba, como si estuviera muy de acuerdo, el hombre se entusiasmó y procedió a exponer sus propias propuestas de solución.

Finalmente, con la garganta seca, terminó. Qu Yunmie levantó los brazos y aplaudió con una sonrisa: “Excelentes ideas, señor”.

El hombre de enfrente se dio cuenta de que se había excedido. Bajó la cabeza con modestia para disculparse: “No es para tanto, si al Rey no le parece mal...”

No había terminado la última sílaba cuando un destello frío cruzó ante sus ojos, y con un sonido metálico, sus ojos vidriosos rodaron junto con su cabeza sobre el suelo.

Frente a él, Qu Yunmie había enfundado su sable y vuelto a sentarse con un rostro inexpresivo. Apartó con el pie la cabeza tibia que había rodado hasta él, tomó un trozo de piel cercano y, con parsimonia, comenzó a limpiar la sangre de la hoja.

Los guardias que lo flanqueaban no se atrevieron ni a respirar. Caminaron en silencio, sacando el cadáver y la cabeza.

Una vez solos, solo él quedaba en la tienda. La sangre en el suelo y el olor a metal en el aire eran tan cotidianos para él como respirar. No le importaba haber matado de nuevo, ni que el hombre hubiera sido famoso, ni que tuviera conexiones con familias nobles. Mucho menos le importaba que su propia fama se deteriorara por haberlo asesinado él mismo.

Terminó de limpiar el sable, se levantó y caminó hacia el charco de sangre. Al ver el intenso rojo, Qu Yunmie no sintió el menor arrepentimiento. Incluso soltó una burla con una risa fría: “Un necio disfrazado, una rata escurridiza. No hay duda de que es un letrado”.


Ciudad de Pingyang, atardecer.

Había demasiadas cosas en la vida que Xiao Rong no podía entender.

No podía entender cómo había llegado a su situación actual, ni por qué Qu Yunmie, ese desgraciado, se había vuelto a comportar así.

Los libros de historia que había leído no eran tan detallados como para registrar cada palabra y cada comida de Qu Yunmie. Él había memorizado cada evento importante, pero cada revés lo tomaba por sorpresa, en momentos completamente inesperados.

Por ejemplo, ahora. El sexto año de Shengde era el momento cumbre en la vida de Qu Yunmie. Había reconquistado el norte, expulsado a los Wusun y a los Xiongnu, y había acordado una paz con el Reino de Shanshan. Incluso sus acérrimos enemigos, los Xianbei, eran ya como saltamontes en otoño, a punto de desaparecer.

Era un héroe indiscutible; si él era el segundo, nadie podía ser el primero.

Las tragedias y desventuras futuras aún no habían ocurrido. Lógicamente, este debería ser su mejor momento, cuando su suerte estaba al máximo. ¿Cómo era posible que aun así el destino siguiera poniéndole obstáculos?

Xiao Rong no podía entender por qué Qu Yunmie se autoinfligía problemas, ni por qué el Sistema lo consideraba la persona con más probabilidades de cambiar el destino de Qu Yunmie.

¿Será solo porque leí muchos libros de historia? ¡Si lo hubiera sabido antes, habría leído más caricaturas y menos historia!

Xiao Rong yacía en la cama, desolado. Al poco rato, la puerta se abrió. Su sirviente, el muchacho llamado A'Shu, entró con la comida, visiblemente preocupado: “Amo, coma algo. Salí a preguntar y el Rey Zhenbei se fue hace solo unos días. Si nos apuramos, aún podemos alcanzarlo”.

Xiao Rong: “...” ¿Seguir persiguiéndolo?

Ese Qu Yunmie tenía habilidades de supervivencia nulas, ¡pero una velocidad de marcha de primera categoría! No sabía si cabalgaba un caballo veloz o iba en una nube voladora, pero él se había desangrado por la boca intentando seguirle el paso. Qu Yunmie iba con todo un ejército, y él solo con un niño. Si seguía, temía morir en el camino.

No, no podía seguir persiguiéndolo.

Xiao Rong puso una cara sombría, tomó una decisión con dolor y cambió de estrategia: “No. Nos quedaremos aquí. Tu joven señor ya lo ha pensado: si uno se apresura a vender, no es buen negocio. A partir de hoy, ya no lo seguiré. ¡Haré que él venga a buscarme, no, que venga a rogarme!”.

De todas formas, no lo alcanzo. Ya que me voy a sentir débil, mejor lo hago en esta posada. No puedo creer que con mil quinientos años de conocimiento extra no pueda engañar a un jovencito tonto de la antigüedad.

A'Shu obedecía a Xiao Rong sin dudarlo. El cochero, por su parte, cobró y se marchó.

Resulta que el cochero solía viajar entre las ciudades principales y conocía al mozo del hostal. El mozo lo jaló en secreto para preguntarle quién era Xiao Rong.

No tenía mala intención, solo curiosidad.

“¡Qué joven tan apuesto, ese señor! ¿Será un noble de alguna familia importante? Cuando le llevé el agua, hasta me dio las gracias. ¡Qué vergüenza para mí!”.

El cochero lo miró con expresión compleja: “No olvides, muchacho, que las apariencias engañan”.

El mozo se quedó perplejo: “¿Cómo? ¿Acaso ese señor es hermoso por fuera, pero malo por dentro?”.

El cochero suspiró, miró a su alrededor y, al ver que no había nadie más, le hizo una seña. El mozo se acercó apresuradamente, y el cochero dejó salir todo lo que había guardado durante el viaje.

“¡Más que eso! Nunca en mi vida he visto a alguien así. Sí, tiene un buen rostro, pero la cantidad de defectos que tiene es incontable. Primero: ¡es más delicado que una muchacha! Si lo limpias con mucha fuerza, grita que le duele. Si la carreta se mueve mucho, se queja. Suspira a cada rato, como si yo le debiera algo. Segundo: ¡está muy enfermo! Se desmaya cada tres días y tose sangre cada cinco. Todo el viaje estuve aterrado de que se muriera y nadie me pagara el viaje. Tercero: tiene un genio terrible, sin el más mínimo porte de caballero, parece una arpía de mercado. Cuarto: es tacaño. Compara el precio de todo, hasta un centavo lo cuenta. ¡Dime qué noble es así! Quinto: está chiflado. En el camino, si estaba despierto, se ponía a hacer cálculos y a hablar solo, decía cosas que nadie entendía. Seguro la enfermedad le afectó la cabeza, no tiene cura. Y sexto...”

El mozo sentía que le daba vueltas la cabeza y agarró la mano del cochero: “¡¿Hay más?!”.

El cochero entendió bien la sensación de colapso del mozo. Él también se había emocionado al cargar a Xiao Rong por primera vez. Sabía perfectamente lo que era la caída de un ídolo.

Después de pensarlo, le dio una palmada en el hombro al mozo: “En realidad, el viaje no fue tan malo. Al fin y al cabo, el joven Xiao es realmente guapo. Mirar su rostro hace que valga la pena soportar todos sus defectos”.

El mozo: “............”


En el mismo momento, en el campamento del Ejército Zhenbei, en la tienda del Rey, se escuchaban voces. Mucho tiempo después, la cortina se levantó y salió un hombre de mediana edad vestido con ropa de erudito.

Suspiró con resignación, negó lentamente con la cabeza y regresó a su propia tienda.

Ya había alguien esperando dentro.

Jian Qiao se acercó en cuanto lo vio: “Señor Gao, ¿qué pasó?”.

Gao Xunzhi se sobresaltó, levantó la cabeza y, al ver que era el General Jian, suavizó su expresión: “Ah, General Jian. Su Majestad dice que el hombre le propuso reconocer a un ancestro original y honrar póstumamente al Gran General Qū, para demostrar su lealtad a la llanura central y ganarse a la gente Han”.

Jian Qiao: “...”

De acuerdo, entonces no murió en vano.

Para un rey de apellido distinto, esto no sería un problema. Después de todo, en esta era, los bárbaros habían invadido la llanura central en múltiples ocasiones, y la gente Han los odiaba. Pero el Rey Qu Yunmie era mestizo, descendiente de Han y de tribus extranjeras. La propuesta de ese hombre era una forma sutil de pedirle a Qu Yunmie que renunciara a su herencia no Han y se identificara solo como Han.

Si solo fuera eso, vaya y pase. Pero la familia de la madre de su Rey había sido leal y luchado a su lado en innumerables batallas contra los bárbaros. Renunciar a su sangre sería también renunciar a ellos.

Su Majestad jamás haría tal cosa.

Al saber el motivo, Jian Qiao se sintió aliviado; también creía que el hombre merecía morir. Gao Xunzhi lo miró, y su ánimo se tornó aún más pesado.

Él era un letrado; a diferencia de esos hombres toscos, podía ver las consecuencias que acarrearía el asesinato.

Una vez que este incidente se supiera, temía que ningún erudito se atreviera a unirse al Rey por un largo tiempo.

Así que tenía que actuar primero.

Gao Xunzhi dijo con solemnidad: “Su Majestad sigue teniendo muy pocos consejeros. General Jian, acabo de discutirlo con Su Majestad. Lo enviaré de vuelta a la Puerta Yanmen. Una vez allí, buscará talentos útiles para Su Majestad. Sin importar su origen o su pasado, mientras tengan verdadera habilidad, los aceptaremos”.

Jian Qiao: “...”

¿Acaso estamos tan desesperados?

Aceptar a cualquiera sin importar su origen está bien, ¿pero sin importar su pasado? ¿Y si la persona fue un bandido? ¿También lo aceptarán?

Gao Xunzhi tenía más de cincuenta años y era amigo del padre de Qu Yunmie. Había asistido al Ejército Zhenbei con total dedicación durante años y gozaba de gran prestigio. Aunque Jian Qiao tenía sus reservas, asintió con respeto.

Justo cuando se disponía a salir a cumplir con su misión, Gao Xunzhi lo detuvo y le dio una advertencia muy seria.

“Aunque digamos que no importa el origen ni el pasado, debemos considerar las preferencias de nuestro Rey”.

Jian Qiao comprendió de inmediato y asintió una y otra vez. Claro, su Rey era un hombre que amaba y odiaba con firmeza. Si contrataba a alguien que le desagradaba, probablemente ese hombre perdería la cabeza en pocos días.

Se puso derecho, listo para la orden: “Señor Gao, por favor, instruya”.

Gao Xunzhi: “Primero: al Rey no le agrada la gente sensible. Aunque no sean hombres imponentes, no pueden ser tan delicados como muchachas. Segundo: deben tener buena salud. A nuestro Rey le encanta salir a campaña, ¿cómo podría ir sin un cuerpo robusto? Además, Su Majestad aborrece a la gente débil, enfermiza y de corta vida que tose a cada paso. Tercero: el carácter de nuestro Rey ya es difícil; por lo tanto, el consejero debe ser de temperamento apacible. Como usted sabe, Su Majestad es más susceptible a la persuasión suave; si alguien se le pone terco, sacará el sable. Cuarto: Su Majestad odia a la gente tacaña y a la que solo le importa el dinero. Recuerde, no reclute a personas así. Quinto: en esta época, proliferan la secta Qingfeng (Qīngfēng Jiào, Secta Brisa Pura) y las religiones budistas y taoístas; hay más gente que cobra que gente que ayuda. No traiga a nadie que hable de temas místicos o deidades a cada momento. Y sexto...”

Jian Qiao: “¡...Señor Gao, hay más!”.

Gao Xunzhi hizo una pausa y luego dijo: “Esta es la última, y la más importante. Sexto: no importa si es feo o normal, pero por favor, que no sea hermoso. Nuestro Rey detesta en particular a los hombres de esa apariencia. Si trae a alguien así, los dos seremos castigados”.

Jian Qiao no pudo evitar mirar hacia la tienda del Rey. Pensando en el comportamiento habitual del Rey, asintió en silencio.

Cuando se fue, Gao Xunzhi se quedó de brazos cruzados, meditando.

Aunque había muchas condiciones, si se pensaba bien, no eran demasiado rigurosas. La mayoría de la gente no cumplía ni siquiera una. Si de verdad hubiera alguien que cumpliera con todas...

Ja, qué absurdo, simplemente imposible.


El autor tiene algo que decir:

El artículo ya está abierto. Se actualizará diariamente a las 12 de la noche. De lo contrario, solicitaré permiso.

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